Después de todos los pormenores vividos en Bruselas me tomé un tren al aeropuerto de Dusseldorf para intentar tomar el avión a Atlanta desde ahí. El viaje se veía malo al igual que en Bélgica, pero finalmente logré subirme, de echo, fui la única de la lista de espera que logró subir. Pasearme por millones de estaciones con tremendas maletas, dormir en un aeropuerto y los malos ratos me hicieron agotarme el triple de lo normal. Pero estar sentada viajando rumbo a Chile me ponía feliz.
La llegada a Atlanta fue igual que siempre, y la esperada para el vuelo de la noche también. Finalmente un puesto en Bussiness Class para llegar a casa me hizo viajar con una sonrisa en la cara y un sueño pleno.
Llegué y ahí estaba mi hermano esperándome. Todo el mundo me hizo advertencias del frío impresionante que haría, pero esa mañana nada hacía que se me pasara la calidez del hogar.
Desayuno con la familia para aprovecharlos a concho y así sucesivamente a diario. Sorprender a los amigos, ir a visitar a las personas necesarias. Y lo mejor, la compañía de un francés loco (Max, un buen amigo que conocí en Strasbourg en los inicios de mi viaje). El, al igual que yo, cambió su hogar por un año… a diferencia mía, el se fue a Sudamérica.
Entre fiestas, almuerzos, comidas, visitas, compras, pequeños viajecitos por el día y un poco de resfrío y reposo en cama se me pasaron las dos semanas que estuve en casa. Disfrutar a mis amigas, amigos, a mi familia, a mis sobrinos y la comida fueron cosas que intenté aprovechar al máximo. Pucha que eché de menos a mi gente y la comida.
Volver al Cajón a almorzar o ir a Valparaíso por el día fueron cosas que me hicieron sentir muy bien. Pero manejar la cuota que manejo en general al año fue agotador. Y de echo, no descansé realmente del movimiento que había tenido desde el comienzo del año. Finalmente, nada mejor que el hogar. Y las paltas! Nada mejor que las paltas… como las había extrañado. (En Europa cada palta (que no es sabrosa) cuesta alrededor de $700, por lo tanto llegué a comer al día unas 5 paltas jajaja). El desquite.
Nuevamente, llegó la hora de decir adiós. Pero esta vez la cosa no fue triste ni difícil. De echo, al aeropuerto fueron los necesarios (sin desmerecer al resto), mis padres. Ambos me acompañaron hasta que pasé Policía.
Y ahí me encontraba, nuevamente en Bussiness Class con rumbo a Atlanta, pero esta vez el destino final no era Alemania, era la maravillosa Grecia.
La llegada a Atlanta fue igual que siempre, y la esperada para el vuelo de la noche también. Finalmente un puesto en Bussiness Class para llegar a casa me hizo viajar con una sonrisa en la cara y un sueño pleno.
Llegué y ahí estaba mi hermano esperándome. Todo el mundo me hizo advertencias del frío impresionante que haría, pero esa mañana nada hacía que se me pasara la calidez del hogar.
Desayuno con la familia para aprovecharlos a concho y así sucesivamente a diario. Sorprender a los amigos, ir a visitar a las personas necesarias. Y lo mejor, la compañía de un francés loco (Max, un buen amigo que conocí en Strasbourg en los inicios de mi viaje). El, al igual que yo, cambió su hogar por un año… a diferencia mía, el se fue a Sudamérica.
Entre fiestas, almuerzos, comidas, visitas, compras, pequeños viajecitos por el día y un poco de resfrío y reposo en cama se me pasaron las dos semanas que estuve en casa. Disfrutar a mis amigas, amigos, a mi familia, a mis sobrinos y la comida fueron cosas que intenté aprovechar al máximo. Pucha que eché de menos a mi gente y la comida.
Volver al Cajón a almorzar o ir a Valparaíso por el día fueron cosas que me hicieron sentir muy bien. Pero manejar la cuota que manejo en general al año fue agotador. Y de echo, no descansé realmente del movimiento que había tenido desde el comienzo del año. Finalmente, nada mejor que el hogar. Y las paltas! Nada mejor que las paltas… como las había extrañado. (En Europa cada palta (que no es sabrosa) cuesta alrededor de $700, por lo tanto llegué a comer al día unas 5 paltas jajaja). El desquite.
Nuevamente, llegó la hora de decir adiós. Pero esta vez la cosa no fue triste ni difícil. De echo, al aeropuerto fueron los necesarios (sin desmerecer al resto), mis padres. Ambos me acompañaron hasta que pasé Policía.
Y ahí me encontraba, nuevamente en Bussiness Class con rumbo a Atlanta, pero esta vez el destino final no era Alemania, era la maravillosa Grecia.
